A bordo del Rhudacadail Keava!

El 7 de enero pasadas las 5pm embarcamos el velero Rhudacadail Keava con destino a Panamá. Apenas llegamos al puerto nos encontramos con un pequeño velero de madera que no brindaba demasiada tranquilidad a simple vista. Con un poco de mantenimiento la cara del barco hubiera sido muy distinta, le faltaba una lavada de cara.

En él íbamos a viajar seis argentinos y la tripulación: el capitán Poli, el chef Mono y Elkin, sin una función clara definida. Los pasajeros éramos tres varones y tres mujeres, todos de Buenos Aires. A las chicas las habíamos conocido en el hostel que nos recomendó el velero. Lo de Juan fue una incorporación a último momento. Nos escuchó hablando a Gastón y a mí la noche anterior a zarpar y decidió sumarse sin dudarlo.

Cartagena quedaba atrás y no sabíamos exactamente cuándo llegaríamos al destino final. Podían ser entre cuatro y seis días dependiendo de las condiciones del mar.

El velero de ocho metros de largo tenía una cama grande en un ambiente con un pasillo y en el sector de cocina y estar se abría un sillón y se ponían colchonetas para dos personas. De los seis lugares necesarios para dormir faltaban dos espacios y esos dos lugares eran el piso, en los pasillos.

La primera noche en alta mar fue tranquila con el mar bastante calmo y sin demasiado movimiento. Al levantarnos la primera mañana nos encontramos rodeados solamente de agua. Ni un pedazo de tierra a la vista y buen viento soplando para navegar. Para acortar un poco el día pusimos un poco de música y con una soga colgando de la parte de atrás del velero nos tiramos al agua y nos dejábamos arrastrar.

Esa tarde tendríamos que haber llegado a Isla Fuerte pero el mar nos demoró y la tarde se hizo larga. El mar a esta altura ya estaba muy picado y tuvimos que dejar la cubierta del barco para instalarnos adentro, lo que empeoró la salud de algunos que ya estaban un poco mareados. Algunos vómitos se habían dado durante el día y con el movimiento y estando adentro se dieron algunos más. Yo seguía invicto.

Para pasar el rato y sentirme un poco mejor me tiré en la única cama del barco y me levanté varias horas más tarde cuando ya habíamos anclado. Era casi medianoche y teníamos que bajar en lancha a Isla Fuerte. Mientras dormía, después me enteré, costó mucho encontrar la isla porque el faro está roto y en un momento cuando se acercaron demasiado el velero tocó fondo. Una vez superado todo esto se acercó una lancha de la isla y por fin pudimos bajar.

En tierra el piso todavía se seguía moviendo, no era fácil acostumbrarse. Unos lugareños nos recibieron y nos pudimos enjuagar con agua dulce. Todos los restaurantes para comer en la playa estaban cerrados y una vecina volvió a abrir el suyo para cocinarnos. En una isla y a esa hora de la noche no quedaba mucha opción de comida. Era pescado o pescado. Dentro de los seis había una vegetariana, una que no comía pescado y yo que no como cosas que vengan del agua. En el mar uno se ve obligado a comer poco por el movimiento que la comida hace en el cuerpo y cuando pisamos tierra arrastrábamos bastante hambre. La vegetariana y yo comimos la comida frita que había sido pescada hace algunas horas. Para sorpresa de todos nos gustó ese pescado ya que casi no tenía el olor y gusto fuerte del pescado.

A la tarde del tercer día volvimos a embarcar sabiendo que teníamos por delante alrededor de 40 horas de navegación. El próximo destino eran las Islas de San Blas, Panamá.

Esos días el mar estuvo más tranquilo, pero como el tiempo no acompañaba nos la pasamos durmiendo (yo más que todos) y comiendo poco.

Antes de las 7am del día planeado llegamos a una de las paradisiacas islas de San Blas. Hay más de trescientas islas de distintos tamaños, una al lado de otra. En todas hay palmeras, el agua es transparente y la arena blanca. Alrededor interminables corales.

En el archipiélago viven los Kuna. Esta comunidad panameña tiene autoridad en la isla y hablan el dialecto Kuna. Ellos tienen un consejo conformado por los jefes de las islas y se ocupan de tomar decisiones con respecto a sus islas.

De todas las islas nuestro capitán eligió, acertadamente, anclar en Chichimé. Ahí pasamos el día descansando y haciendo snorkel entre estrellas de mar, pulpos y peces de colores. A media tarde unos mates y un poco de fruta, no se podía pedir mucho más. A la noche algunos acampamos en la isla y otros durmieron en el velero.

Ya de noche nos quedamos charlando con unos Kunas que nos contaron un poco como viven y sus costumbres. Temprano y habiendo comido poco nos metimos en la carpa. A las 2am y con un viento muy fuerte se largó la tormenta. En la carpa éramos cuatro y otros dos dormían en unas hamacas, por lo que terminamos los seis sentados adentro de la carpa con todo mojado esperando que las condiciones
mejoren. Después de un rato paró de llover y nos reacomodamos para dormir un rato más un poco incómodos.

Ya amanecido el día zarpamos nuevamente para llegar a la isla El Porvenir, donde sellarían nuestros pasaportes y tomaríamos una lancha hasta el continente. Ya en nuestra cabeza sabíamos que a la tarde íbamos a estar descansando en una buena cama y bañados después de seis días. El capitán Poli se llevaba todos los meritos por su tranquilidad y trato arriba del barco. Ya estábamos muy cerca del continente.

Llegados a El Porvenir y con los pasaportes sellados nos enteramos que la ciudad en la que nos dejaría una lancha (que está a menos de media hora) tiene las carreteras cerradas por las fuertes lluvias y que no tenía sentido ir para allá. Con esta situación nos quedaba la opción de tomar una lancha de 25USD que tardaría dos o tres horas hasta Miramar y luego tomar un bus hasta Panamá City.

Pero el problema no estaba resuelto porque el mar estaba tan picado que el día anterior habían volcado dos lanchas con pasajeros y no estaban dejando salir lanchas por el momento. Nuestro velero tampoco tenía permiso para acercarnos hasta Miramar por las malas condiciones climáticas.

Diagnóstico: varados en una isla por tiempo indeterminado y con ganas de llegar a Panamá City.

El panorama en la isla lo completaba una base militar, un aeropuerto de 100 metros, un restaurante y un hotel muy chico. Todo esto en una hectárea en medio del mar.

En la misma situación había varios turistas que venían de recorrer San Blas y que querían llegar o volver a Panamá. Así fue que nos enteramos que entre varios se juntaron y consiguieron un vuelo chárter (entre la gente había alguno que movía mucho, porque no cualquier consigue un chárter). El vuelo estaba lleno y no había lugar para los seis pasajeros del Rhudacadail Keava. Solo quedaba esperar hasta el día siguiente y ver si el clima mejoraba para salir en lancha u otro chárter.

Cuando todo parecía definido se abrieron tres lugares en el avión. Caballerosamente insistimos a las chicas para que los agarren pero preferían esperar un día y volver en lancha si las cosas mejoraban. Ante esta situación Gastón y yo abordamos el vuelo chárter de Air Panamá para veinte personas. Insólitamente dejamos El Porvenir en un avión, algo impensado.

Veinticinco minutos de vuelo y de nuevo en el continente después de seis días de mar. Aduana nos demoró un rato a pesar de tener los pasaportes sellados. En Panamá contábamos con un departamento de un conocido de Gastón para nosotros solos. Como esta persona no estaba una amiga nos buscó por el aeropuerto y, previa pasada por el supermercado, nos dejó en el edificio.

Después de un día que había empezado en una carpa todo mojado, que habíamos quedado varados en una isla y nos habíamos ido en avioneta, finalmente llegábamos a Panamá para instalarnos cómodamente en un departamento.

Pero todavía había una última anécdota para el día. Después de seis días sin bañarnos nos encontramos con la crisis de agua en Panamá. Debido a las fuertes lluvias estaban con problemas de potabilización. El departamento no tenía agua así que la bañada debía esperar un día más. Eso sí, nos lavamos los dientes y nos enjuagamos con unos cubitos de hielo que había en el freezer.

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About Rutina Cortada a Cuchillo

Un blog con el que salimos cuando podemos a contarles lo que vemos. Deberíamos salir menos, estamos empezando a dormir mal. No nos gusta la polenta, los domingos tristes y la gente que dice setiembre (¿por qué no dicen también otubre?). Nos gusta complejizar lo simple y descontracturar lo complejo. Nunca aprendimos las tablas de memoria, los números primos y las divisiones con fracciones. No congeniamos con lo formal y tampoco adherimos a lo normal. rutinacortadaacuchillo.com

4 responses to “A bordo del Rhudacadail Keava!”

  1. Niki says :

    A ver si en el proximo te escribis algo (lo que quieras) sobre unos cafetales hermosos que hay para salir a caminar y relajarse en Panama…

  2. Anonymous says :

    genio!!! una aventura unica e inolvidable,todo el mar caribe para los pibes!!! un gusto haber navegado 7 dias en el Rhudacadail Keava! con ustedes. saludos desde city bell, pura vida! Juan Echevesti

  3. juan echevesti says :

    lucho, nos juntamos al la vuelta con toda la banda, traetelo a gaston si podes!!! jejeje abrazooooo

Trackbacks / Pingbacks

  1. 205 días « ¿Donde está Monte? - 12/01/2012

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